Con antecedentes en Mesopotamia y Grecia, y plasmado en el atrio de las viviendas de la Roma antigua, el patio fue desarrollado por la arquitectura árabe y mudéjar, alcanzando gran esplendor en Al Ándalus. El patio se estableció después como un componente fundamental en los monasterios, palacios y casas cristianos en España. De allí pasó a Iberoamérica, cuya arquitectura pre barroca se desenvolvió bajo el impacto de los alarifes mudéjares que cruzaban el Atlántico. Desde el sur de España, el patio se establecerá hasta hoy en la arquitectura iberoamericana, especialmente en el Caribe.

El término es muy característico de la cultura de origen hispano, es una de las pocas palabras castellanas que se han instalado en otros idiomas.

En otra dimensión, resulta también una suerte de plaza interior, un espacio que de cierto modo combina lo urbano (tránsito, reunión, cielo abierto…) con lo doméstico. Precisamente, los patios de las mezquitas cumplieron la función de plaza pública en las antiguas ciudades árabes, urbes introvertidas, escasas en espacios abiertos. En las casas de vecindad, sean las “corralas” españolas o los “solares” habaneros, el patio es el ámbito de vida en común, donde se comparten cocina, baño y lavadero. El patio es un pedazo de naturaleza y de ciudad dentro del hogar. La casa árabe, al igual que antes la griega y la romana, se cierra hacia el exterior como fortaleza protectora del mundo privado. Uno entra a través de una minúscula puerta e irrumpe en la deslumbrante generosidad de espacio, luz, color, sonido, olor y belleza del patio, un Edén privado. John Berger ha dicho que los interiores de las casas de Estambul son metáforas del Paraíso: “Los interiores ofrecen simbólicamente lo mismo que el Paraíso: descanso, flores, fruta, sosiego, tejidos suaves, dulces, pulcritud, feminidad”.  La cultura árabe es hedonista, sensual, y el patio es un lugar solar de disfrute. Más que un espacio y un dispositivo de iluminación y ventilación, el patio

Resulta interesante cómo la tradición del patio se conservó en una ciudad como Quito, donde el clima es más frío que en los ambientes del sur de España donde este componente arquitectónico tuvo su desarrollo. Más que mostrar una repetición cultural algo descontextualizada, el hecho señala la permanencia de la utilidad del patio como plaza interior en inmuebles de funciones diversas, del gran convento a la casa privada. Esta apropiación del exterior en el interior resulta bienvenida aún bajo condiciones climáticas que parecieran propiciar más el cálido refugio que la apertura al cielo.


crédito de foto DAYANA RIVERA